Brecha regulatoria tras los plaguicidas en América Latina: casi la mitad
El estudio central de este reportaje comparó las autorizaciones nacionales en ocho países con la lista de sustancias activas aprobadas por la UE a fecha de diciembre de 2020. Destacó una amplia variación en toda la región: Costa Rica y México mostraron los recuentos más altos de sustancias no permitidas en Europa (alrededor de 140 y 135, respectivamente), seguidos de Brasil (115), Argentina (106) y Chile (99). Esos totales incluyen compuestos de uso común como el herbicida acetocloro, el insecticida bifentrina y el fungicida carbendazim; todos ellos ejemplos de productos que los reguladores en Europa han eliminado, restringido o nunca aprobado debido a preocupaciones sobre su persistencia, toxicidad para especies no objetivo, potencial de alteración endocrina u otros riesgos para la salud humana.
¿Por qué existe esta divergencia? La regulación de la UE tiende a ser precautoria y a centrarse en el peligro: las sustancias que demuestran carcinogenicidad, alteración endocrina, toxicidad reproductiva o persistencia ambiental inaceptable suelen ser prohibidas o no renovadas. Por el contrario, las aprobaciones en muchos sistemas latinoamericanos han seguido históricamente modelos de evaluación de riesgos que dependen de patrones de aplicación locales, consideraciones económicas y, en algunos casos, conjuntos de datos presentados por la industria. Los investigadores que trabajaron en el análisis describen el marco regional como «considerablemente menos riguroso», señalando lagunas en la capacidad de monitoreo, la vigilancia de residuos y la reevaluación periódica de químicas más antiguas. La dependencia económica de los cultivos de exportación, la velocidad de las aprobaciones para apoyar la agricultura intensiva y los limitados recursos institucionales ayudan a explicar por qué tantas sustancias permanecen autorizadas al sur del Atlántico mientras Europa las retira del mercado.
Cultivos de exportación e impulsores económicos
El análisis muestra que los plaguicidas con mayor probabilidad de estar prohibidos en Europa se concentran en los cultivos que sustentan los ingresos regionales por exportaciones agrícolas. La soja, el maíz, el trigo y el arroz —los productos básicos con mayor valor de producción y exportación en la muestra— representan la mayor proporción de ingredientes activos autorizados pero prohibidos en la UE. Para los gobiernos y productores, la presión es clara: la estabilidad del rendimiento y el control de plagas en los grandes monocultivos suelen depender de herramientas químicas que los reguladores mundiales consideran cada vez más riesgosas.
Esa realidad económica hace que los cambios regulatorios sean política y técnicamente difíciles. Los productores y distribuidores de agroquímicos argumentan que las prohibiciones repentinas pueden dejar a los agricultores sin alternativas fiables, especialmente donde los sistemas de manejo integrado de plagas (MIP) no se han adoptado ampliamente y los servicios de extensión son escasos. Al mismo tiempo, los científicos de salud pública y medio ambiente subrayan que la dependencia continua de ingredientes activos peligrosos externaliza los costes sanitarios a los trabajadores rurales y las comunidades vecinas, y degrada el suelo, el agua y la biodiversidad; resultados que, a largo plazo, socavan la resiliencia agrícola y el acceso a los mercados.
Daños a la salud y al medio ambiente de los plaguicidas en América Latina: casi la mitad
La literatura científica y los estudios de salud regionales documentan múltiples vías de exposición y daños. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura informó que el consumo de plaguicidas en América Latina aumentó aproximadamente un 500 % entre 1990 y 2019, lo que refleja la intensificación de la agricultura. Ese aumento se traduce en tasas de contacto mucho más altas para los trabajadores agrícolas y las personas que viven cerca de los campos, y en un incremento de la carga de residuos en los alimentos, el agua e incluso la leche materna. Un estudio de salud pública multinacional publicado en 2024 detectó plaguicidas en muestras de leche materna en al menos diez países latinoamericanos, lo que generó preocupación sobre la alteración endocrina, la neurotoxicidad del desarrollo y los riesgos de enfermedades en etapas posteriores de la vida de los niños.
Los estudios clínicos y epidemiológicos se suman a la alarma. Un trabajo del estado de Paraná, en Brasil, ha vinculado la exposición ocupacional crónica a los plaguicidas con formas más agresivas de cáncer de mama entre mujeres con antecedentes laborales en la agricultura. Las intoxicaciones agudas siguen siendo comunes en algunas zonas rurales debido a la capacitación inadecuada, el equipo de protección personal insuficiente y el acceso limitado a la atención de emergencia. Para los ecosistemas, los plaguicidas impulsan la pérdida de biodiversidad al matar insectos beneficiosos (incluidos los polinizadores), reducir la diversidad microbiana del suelo, contaminar los sistemas de agua dulce y acumularse en las redes tróficas; los neonicotinoides, los piretroides y los fungicidas persistentes han sido implicados en tales daños en otros lugares y forman parte de la mezcla bajo revisión en el contexto latinoamericano.
Políticas y pasos prácticos para una agricultura más segura
Los investigadores autores del análisis en Proceedings y expertos en salud pública abogan por una respuesta de múltiples niveles. A nivel regulatorio, recomiendan prohibiciones rápidas de los plaguicidas altamente peligrosos (PAP), protocolos de evaluación de riesgos armonizados entre los países y ciclos de reevaluación obligatorios para que las químicas heredadas no se mantengan indefinidamente. También piden un monitoreo ampliado y específico —pruebas de residuos en alimentos, biomonitoreo en poblaciones expuestas y vigilancia ambiental del agua y el suelo— para generar la evidencia local que impulse el cambio de políticas.
Qué pueden hacer a continuación los consumidores, los sistemas de salud y los reguladores
Los responsables políticos deberían priorizar una serie de medidas inmediatas: prohibir o eliminar gradualmente los PAP comprobados, implementar un monitoreo coordinado regionalmente y poner los datos a disposición del público, fortalecer los protocolos de salud ocupacional y la respuesta de emergencia en las clínicas rurales, y financiar programas de transición prácticos que reemplacen las químicas peligrosas por métodos efectivos y de menor riesgo. La sociedad civil y las universidades deberán ser socios centrales en los programas de capacitación y en la realización de un monitoreo independiente; las instituciones científicas, como los consejos nacionales de investigación, pueden proporcionar el respaldo analítico para las reevaluaciones.
Para los consumidores, la concienciación sobre los estándares de residuos y la demanda de alimentos producidos de forma sostenible pueden cambiar los incentivos. Para los sistemas de salud, la vigilancia de las intoxicaciones, la incidencia del cáncer y los resultados del desarrollo en las regiones agrícolas debería ser una prioridad para que las decisiones regulatorias se guíen tanto por los datos de peligro como por las tendencias de salud del mundo real. El análisis en Proceedings of the Royal Society B es una invitación clara: armonizar la regulación con la ciencia emergente, proteger a los trabajadores y comunidades vulnerables e invertir en modelos agrícolas que reduzcan la dependencia de los plaguicidas peligrosos manteniendo al mismo tiempo los medios de vida.
Fuentes
- Proceedings of the Royal Society B (análisis comparativo de las aprobaciones de plaguicidas)
- Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), estadísticas sobre el uso de plaguicidas
- CONICET (Argentina) — comentario sobre regulación e investigación regional
- Investigación de salud pública sobre residuos de plaguicidas y leche materna (revista de salud pública revisada por pares)
- Acuerdo comercial Mercosur–Unión Europea (texto y análisis de políticas)
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