Balance de hoy: incendios sobre el terreno, toxinas en el suelo
El 15 de diciembre de 2025, un informe regional destacó un patrón concentrado de uso de municiones incendiarias en el sur del Líbano. El investigador Ahmad Baidoun documentó al menos 195 ataques con fósforo blanco en la zona entre octubre de 2023 y octubre de 2024, una escala que genera nuevas preocupaciones sobre el daño inmediato a la población civil y una cascada de efectos ambientales que pueden durar décadas.
Fósforo blanco: cómo un arma se convierte en un agente ambiental
El fósforo blanco es una munición militar valorada por su capacidad para producir un humo cegador e inflamar materiales al contacto con el aire. Su química explica por qué se activan las alarmas médicas y ecológicas tras los ataques: el compuesto se inflama a temperatura ambiente, produciendo incendios muy intensos que queman la materia orgánica y liberan óxidos de fósforo al aire. Estos óxidos se hidrolizan rápidamente para formar compuestos ácidos ricos en fosfatos cuando entran en contacto con la humedad, y la combustión de materiales urbanos modernos —plásticos, electrónica, madera tratada— libera un complejo cóctel de partículas, metales pesados y contaminantes orgánicos persistentes.
Esa combinación —daño térmico intenso más productos de combustión químicamente activos— provoca tres tipos de daños ambientales: quemaduras agudas y riesgos de inhalación para personas y animales; deposición local de residuos tóxicos que contaminan el suelo y las aguas superficiales; y alteración a largo plazo de los ecosistemas mediante la carga de nutrientes, cambios en la química del suelo y la destrucción de la cubierta vegetal que normalmente protege contra la erosión.
Bosques, granjas y agua en el Líbano
Los informes locales y regionales de los últimos dos años documentan precisamente esos daños. En el Líbano, se ha atribuido a las operaciones militares la destrucción de miles de hectáreas de vegetación y tierras de cultivo. Observadores independientes y científicos regionales afirman que los incendios provocados por ataques explosivos y proyectiles incendiarios quemaron la cubierta natural y las parcelas agrícolas, un patrón que despoja a los paisajes de su capa vegetal protectora, expone los suelos a la erosión y reduce el hábitat de la fauna silvestre.
Cuando la vegetación y la capa superficial del suelo desaparecen, las consecuencias río abajo son inmediatas: más sedimentos en los ríos y aguas costeras, sistemas de riego dañados y contaminación de pozos y manantiales con cenizas y subproductos de la combustión. Allí donde las municiones o la infraestructura dañada rompen tanques de almacenamiento o instalaciones de alcantarillado, los contaminantes pueden migrar hacia las aguas subterráneas y las pesquerías costeras, agravando las crisis de salud pública y seguridad alimentaria.
Contaminación atmosférica y huella de carbono de los conflictos
Más allá de la contaminación local, el combate moderno genera grandes volúmenes de humo, polvo y gases de efecto invernadero. Las salidas de aeronaves, el blindaje pesado y el transporte y la fabricación de armas consumen combustibles fósiles a ritmos que empequeñecen la actividad ordinaria en tiempos de paz. Análisis independientes de investigadores de conflictos muestran que las campañas de bombardeos sostenidos y la logística militar pueden añadir millones —a veces cientos de millones— de toneladas de equivalente de CO2 a la atmósfera, mientras que los incendios urbanos producen partículas finas que viajan cientos de kilómetros y afectan la calidad del aire a través de las fronteras.
Para las comunidades situadas en la dirección del viento de los bombardeos, los impactos directos en la salud por la inhalación de humo y partículas son inmediatos: problemas respiratorios, estrés cardiovascular y mayores tasas de ingresos hospitalarios. Para el clima, las emisiones procedentes del uso de combustible, la quema de escombros y la reconstrucción son una parte material pero a menudo invisible del presupuesto mundial de gases de efecto invernadero, ya que los marcos de información suelen excluir o contabilizar de forma deficiente la actividad militar.
Escombros, legado tóxico y sistemas alimentarios
La guerra crea enormes volúmenes de escombros —edificios derrumbados, ruinas industriales, vehículos y municiones— y ese mismo cascajo es un reservorio de contaminantes. Cuando las estructuras se queman o colapsan, se liberan al medio ambiente plásticos, pinturas, maderas tratadas, baterías y productos químicos industriales. La carga de partículas contiene metales pesados, dioxinas y otros tóxicos que se fijan a los suelos, entran en las cadenas alimentarias y persisten. La limpieza es costosa, técnicamente exigente y peligrosa para los trabajadores que no cuentan con la protección adecuada.
Para los agricultores, los riesgos son desoladores: los suelos contaminados reducen el rendimiento de las cosechas y aumentan la posibilidad de que los alimentos contengan residuos nocivos. A falta de pruebas y remediación rápidas y con recursos suficientes, los campos pueden seguir siendo inseguros durante años, y las comunidades pueden enfrentarse a una inseguridad alimentaria prolongada o verse obligadas a recurrir a fuentes de alimentos más caras.
Salud, monitoreo y el reto de la rendición de cuentas
La exposición humana es multimodal: quemaduras directas por municiones incendiarias, inhalación de humo, ingestión de agua o alimentos contaminados y exposición crónica al polvo contaminado. Los médicos y especialistas en salud ambiental subrayan que el monitoreo debe ser multidisciplinario —combinando toxicología, geoquímica, epidemiología y vigilancia comunitaria— para documentar las exposiciones y orientar las prioridades de remediación.
Sin embargo, el monitoreo es desigual en las zonas de conflicto activo. Los equipos sobre el terreno se enfrentan a riesgos de seguridad, la infraestructura básica para el muestreo (laboratorios, refrigeración, transporte) suele estar dañada y el acceso a los sitios es objeto de disputa. Esto significa que daños ambientales significativos pueden quedar sin documentar durante meses o años, lo que hace que la prevención previa y la compensación posterior sean mucho más difíciles de lograr.
Contaminación transfronteriza y cooperación
Una de las verdades más duras de los daños ambientales durante la guerra es que la contaminación no respeta las fronteras políticas. Las aguas residuales sin tratar, las partículas en suspensión y la escorrentía contaminada pueden cruzar las fronteras, creando problemas ambientales compartidos incluso entre adversarios. Científicos y algunos responsables políticos sostienen que esta vulnerabilidad compartida crea una oportunidad para la cooperación pragmática en materia de monitoreo y limpieza, incluso mientras otros canales diplomáticos permanecen cerrados.
La magnitud del problema en el sur del Líbano —ataques incendiarios repetidos, bosques y tierras de cultivo quemados y la probable presencia de tóxicos residuales en el suelo y el agua— muestra por qué son importantes estos foros pragmáticos. Sin una evaluación y remediación ambiental coordinada, la salud y los medios de subsistencia de los civiles seguirán cargando con el legado del conflicto mucho después de la última explosión.
Recomendaciones
- Muestreo ambiental rápido y protegido, y publicación transparente de los resultados para que las comunidades y los servicios de salud puedan actuar;
- Protección y análisis inmediatos de las fuentes de agua potable y las tierras agrícolas para evitar que alimentos y agua contaminados lleguen a las familias;
- Limpieza especializada de suelos impactados por municiones y eliminación segura de escombros contaminados bajo directrices internacionales;
- Planes de restauración ecológica a largo plazo que prioricen la vegetación autóctona para reconstruir el control de la erosión y el hábitat; y
- Apoyo internacional para el monitoreo y la remediación que reconozca las dimensiones ambientales de los conflictos como parte de la respuesta humanitaria.
Estos pasos requieren dinero, experiencia técnica y acceso. También requieren voluntad política: el reconocimiento de que el daño ambiental derivado de la guerra es un problema de salud pública y desarrollo, no solo militar o diplomático.
Fuentes
- Conflict and Environment Observatory (análisis de impactos de conflictos y emisiones militares)
- Brown University, Costs of War project (estimaciones de emisiones relacionadas con la guerra)
- Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (informes sobre medio ambiente en zonas de conflicto)
- Universidad de Tel Aviv, School of Geosciences (comentarios de expertos sobre daños ambientales regionales)
- Universidad Ben-Gurión, investigación ambiental interdisciplinaria (contaminación regional e impactos en la salud)
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