Imagine caminar por un sendero boscoso tras el anochecer con una pequeña linterna ultravioleta. Las hojas y la corteza parecen normales hasta que, de repente, un escorpión azul verdoso brilla sobre una roca, el pelaje de una ardilla voladora desprende un rosa irreal y un ornitorrinco preservado en una vitrina de museo resplandece como un pálido juguete de neón. Esa escena surrealista no es un efecto especial: bajo la luz UV, muchos animales adquieren colores inesperados. Estudios recientes y pruebas de laboratorio han demostrado que la fotoluminiscencia —la absorción de luz ultravioleta y su reemisión en longitudes de onda visibles— es mucho más común de lo que los científicos pensaban, y el descubrimiento está obligando a los biólogos a replantearse cómo utilizan los animales el color en entornos con poca luz.
Pigmentos nocturnos y mecanismos de luminiscencia
La fotoluminiscencia no es lo mismo que la bioluminiscencia. Las luciérnagas y algunos organismos marinos producen luz bioquímicamente; en cambio, los tejidos fotoluminiscentes actúan como tintes fluorescentes pasivos, absorbiendo la luz UV y reemitiéndola en longitudes de onda más largas. Los compuestos responsables varían entre los grupos: en los escorpiones, el brillo proviene de componentes en una fina capa del exoesqueleto; en algunas ranas, está vinculado a proteínas y pigmentos de la piel; y en los mamíferos, trabajos recientes sugieren que una mezcla de queratina, porfirinas y otras moléculas puede fluorescer al ser alcanzada por la luz UV.
En la práctica, la luz UV está muy extendida por la noche —desde la luz de la luna y las estrellas hasta la radiación UV reflejada en la nieve o el agua— y muchos animales poseen sistemas visuales ajustados a estas longitudes de onda. Esa realidad significa que la fluorescencia puede, en principio, ser detectada por otros animales incluso cuando los humanos no la perciben. Lo que sigue siendo incierto es qué especies perciben y utilizan realmente esas señales, y para qué tareas ecológicas: esconderse de los depredadores, encontrar pareja, navegar o incluso detectar cuándo un escorpión se encuentra a la intemperie.
Escorpiones: el espectáculo de neón más antiguo
Los escorpiones han sido el emblema de la fluorescencia desde la década de 1950, cuando los investigadores notaron por primera vez que sus exoesqueletos brillaban bajo la luz UV. El efecto es visible en todo el grupo: todas las especies de escorpiones conocidas presentan fluorescencia en algún grado. La química estructural señala a las moléculas de la exocutícula hialina —una mezcla que probablemente incluye mucopolisacáridos y lipoproteínas— como la fuente principal de la emisión azul verdosa.
Los científicos han propuesto varias funciones. Una sugerencia intrigante es que la cutícula actúa como un colector de fotones en todo el cuerpo, ayudando a los escorpiones a juzgar los niveles de luz ambiental y evitar la exposición a la luz del día. Otra es que la fluorescencia ayuda al reconocimiento de la especie o del sexo en condiciones de poca luz, o que interfiere con los sistemas visuales de presas pequeñas. El rasgo también está presente en el registro fósil: escorpiones fósiles de cientos de millones de años de antigüedad también pueden fluorescer, lo que implica que la química tiene orígenes ancestrales, aunque su papel adaptativo aún sea objeto de debate.
Mamíferos: un sorprendente mundo rosa y azul
Ranas, serpientes y la paleta del bosque
Los anfibios y reptiles también están llenos de sorpresas. Grandes estudios han demostrado que la mayoría de las especies de ranas analizadas poseen compuestos fluorescentes en la piel; un informe de 2025 indicó que más del 90% de un conjunto de muestras de ranas mostraba fotoluminiscencia. En cuanto a las serpientes, un análisis de 2024 realizado en docenas de especies reveló que muchas serpientes arborícolas presentan una reflectancia UV que podría coincidir con las hojas y líquenes que reflejan la luz UV en su hábitat, lo que potencialmente mejoraría el camuflaje.
Ese patrón —diferentes funciones en diferentes linajes— es un tema recurrente. En algunos reptiles, la fluorescencia puede ayudar al ocultamiento entre el follaje; en los anfibios, podría ayudar a los individuos a destacar ante posibles parejas o congéneres bajo la luz de la luna; en las aves, ya se sabe que los rasgos UV desempeñan un papel en la elección de pareja. El punto clave es que la fluorescencia no es una adaptación única con un solo propósito; es un conjunto de herramientas de efectos ópticos que la evolución ha cooptado repetidamente.
Neón bajo el agua: un canal visual oculto
El océano también tiene su propio escenario ultravioleta. Los peces de los arrecifes de coral, los tiburones y las tortugas muestran una gran cantidad de patrones fotoluminiscentes. La luz azul es la que penetra a mayor profundidad en el agua de mar, y las especies activas en las profundidades o al anochecer utilizan contrastes UV que son efectivamente invisibles para muchos depredadores u observadores humanos. Los investigadores que catalogan especies de arrecife han documentado docenas de patrones en peces y tortugas que brillan en colores distintos; algunos tiburones parecen verdes bajo las longitudes de onda adecuadas. En estos sistemas, la fluorescencia puede ser un canal de comunicación privado entre animales que comparten sensibilidades visuales similares.
Por qué los biólogos están desconcertados
A pesar del mapeo de los rasgos fluorescentes en diversos taxones, la evidencia funcional sigue siendo escasa en muchos casos. Algunos trabajos experimentales —por ejemplo, pruebas que colocaron modelos de ratones fluorescentes y no fluorescentes en entornos naturales— no lograron producir preferencias claras por parte de los depredadores potenciales, lo que sugiere que la fluorescencia por sí sola no es una señal universal. En muchos animales, el efecto podría ser un subproducto de pigmentos que evolucionaron por otras razones, como la protección contra la radiación UV o la defensa antimicrobiana, siendo la fluorescencia incidental en lugar de adaptativa.
Otros ven la distribución de la fluorescencia como una oportunidad: podría añadir un eje sensorial previamente pasado por alto a la ecología del comportamiento. Si algunos animales pueden tanto producir como detectar señales desplazadas al espectro UV, sistemas de comportamiento completos —elección de pareja, marcado de territorio, interacciones depredador-presa— pueden tener capas ópticas ocultas a los ojos humanos. Probar esas hipótesis exige ensayos de comportamiento cuidadosos bajo regímenes de luz natural, una mejor caracterización de las moléculas fluorescentes y la comprensión de las capacidades visuales de los animales.
Ciencia ciudadana, colecciones y los próximos pasos
Por ahora, el mundo nocturno parece mucho más colorido de lo que imaginábamos. A través de desiertos, bosques y arrecifes, la luz ultravioleta revela una dimensión de neón de la vida que evolucionó mucho antes de que los humanos llegaran con linternas. Lo que los científicos saben con seguridad es sencillo e impactante: la fluorescencia está extendida, es a menudo espectacular y casi con toda seguridad es significativa para muchas especies. Lo que sigue siendo incierto es el porqué: distinguir la química incidental de la señal adaptativa mantendrá ocupados a biólogos y ecólogos durante años.
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