Ecologización por la justicia
En un recinto fabril recuperado de Bangkok, un humedal de bajo mantenimiento alberga ahora una pasarela y un parque infantil bajo una línea de lechos de juncos, mientras un horizonte acristalado se alza al fondo. El parque recoge el agua de lluvia, refresca el aire, sirve de hábitat a las aves y ofrece a las familias un lugar para pasear; es un ejemplo compacto de una idea que se está extendiendo rápidamente entre los planificadores urbanos: utilizar la naturaleza no como ornamento, sino como infraestructura para proteger a las personas más expuestas a los riesgos climáticos.
Esta semana, una nueva Hoja de Ruta Global de una importante red de naturaleza urbana ha impulsado esta visión al centro del debate político, argumentando que las ciudades más verdes pueden reducir el riesgo de inundaciones y calor, restaurar la biodiversidad y mejorar la salud pública, y que esos beneficios deben distribuirse por diseño para que lleguen primero a los barrios de bajos ingresos y a los que se encuentran en situación de desventaja. Esta aspiración está respaldada por dos tendencias paralelas en la investigación reciente: un aluvión de pruebas que demuestran los múltiples cobeneficios de los parques, los árboles y los humedales, y nuevas técnicas de modelado y datos espaciales capaces de identificar con precisión qué manzanas y edificios se están quedando atrás.
De la hoja de ruta global a la acción local
La hoja de ruta define las soluciones basadas en la naturaleza como una alternativa práctica a la costosa infraestructura gris de propósito único. Las marismas restauradas y los doseles arbóreos en las calles pueden mitigar las inundaciones, reducir el calor urbano, filtrar el aire y hacer que los lugares sean más seguros y saludables con una fracción del desembolso de capital que requieren los enormes diques marinos o las tuberías enterradas; además, producen beneficios recreativos y de hábitat que los proyectos de propósito único no pueden ofrecer.
Sin embargo, la hoja de ruta insiste en una lección una y otra vez: la implementación es local. Estudios de casos de ciudades de todo el mundo muestran que una misma herramienta —un parque, un arroyo restaurado, un programa de plantación de árboles— producirá resultados muy diferentes dependiendo de quién participe, cómo se valore el suelo y quién gestione el espacio a lo largo de las décadas. En resumen, la naturaleza puede ser una palanca para la equidad o un vector de desplazamiento; la diferencia radica en la arquitectura de las políticas circundantes y en quién se sienta a la mesa de planificación.
Mapeo de la desigualdad a escala de edificio
Es aquí donde el nuevo trabajo con datos se vuelve decisivo. Un grupo de investigadores ha demostrado métodos para calcular puntuaciones de sostenibilidad y equidad a escala de edificios individuales, combinando registros censales, ubicación de instalaciones y las distancias más cortas por calle a los servicios esenciales en una única Puntuación de Sostenibilidad a Nivel de Edificio. Estas puntuaciones pueden agregarse —por manzanas, distritos y regiones— y utilizarse para calcular métricas de desigualdad, como los coeficientes de Gini para cada Objetivo de Desarrollo Sostenible (ODS).
Lo que esto permite es una focalización precisa. El modelado de escenarios muestra que la instalación de una infraestructura integrada —por ejemplo, un centro combinado de cuidado infantil y de ancianos— dentro de un barrio puede elevar simultáneamente varias subpuntuaciones de los ODS. Los planificadores pueden simular diferentes combinaciones de instalaciones, probar el efecto de un nuevo parque en las puntuaciones de los edificios cercanos y priorizar las inversiones allí donde reduzcan las brechas más grandes en lugar de ampliarlas.
Barreras y efectos no deseados
Aun así, varias síntesis y revisiones recientes advierten que las ciudades aún no están aprovechando todo el potencial de las soluciones basadas en la naturaleza. Las barreras abarcan cuatro ámbitos: técnico (regulación fragmentada, costes de mantenimiento y objetivos climáticos contrapuestos), social (aceptación pública, seguridad y adecuación cultural), ecológico (elección de especies erróneas, humedales mal diseñados que emiten gases de efecto invernadero o aumentan el polen alergénico) y de gobernanza (departamentos estancos, ciclos de financiación cortos).
Un efecto colateral importante es la gentrificación verde. La plantación de árboles y los parques pueden elevar el valor de las propiedades y los alquileres locales, desplazando a los mismos residentes a los que los proyectos debían ayudar, a menos que se integren medidas contra el desplazamiento en el diseño del proyecto desde el principio. Otro riesgo es que un humedal mal planificado puede convertirse en una fuente de metano; un techo verde que nunca se mantiene se convierte en una carga de gestión. Las dimensiones técnicas y sociales no pueden separarse.
Financiación, alianzas y estándares
Para escalar la naturaleza allí donde más importa, las ciudades y sus socios están experimentando con una mezcla de herramientas. La inversión pública —para el transporte, la restauración de llanuras aluviales, los corredores verdes— sigue siendo la palanca que desbloquea el desarrollo privado y el capital filantrópico. Las corporaciones firman cada vez más compromisos a nivel municipal para financiar la ecologización y restauración urbana, alineando los compromisos climáticos y de biodiversidad con prioridades locales como la cobertura arbórea en barrios vulnerables al calor.
Pero el dinero por sí solo no es suficiente. Los expertos abogan por tres reformas prácticas: (1) utilizar métricas a nivel de edificio y de barrio para priorizar la inversión hacia los lugares con menor puntuación y mayor riesgo; (2) adoptar modelos de financiación que costeen tanto el capital como las operaciones y el mantenimiento a largo plazo (por ejemplo, financiación mixta con dotaciones para mantenimiento o fideicomisos de tierras comunitarias); y (3) vincular la ecologización con protecciones para la vivienda —zonificación inclusiva, fideicomisos de tierras comunitarias, medidas de estabilidad de los arrendamientos— para evitar el desplazamiento.
Diseño y gobernanza: la participación importa
Tanto la investigación como la experiencia de los profesionales subrayan que los resultados equitativos requieren una participación significativa de las personas que viven en los lugares seleccionados. Esto significa iniciar los proyectos con las prioridades del barrio —refrigeración, espacios de juego, control de aguas pluviales, hábitat para polinizadores— e incorporar el conocimiento ecológico local e indígena en la selección de especies y los modelos de gestión.
La participación también cambia la definición de éxito. En lugar de contar solo los acres de dosel plantados, una ciudad puede rastrear los "años saludables" de vida, la reducción de las visitas a urgencias durante una ola de calor o los cambios en el acceso a espacios verdes a una caminata de 15 minutos. Cuando la planificación integra estas métricas sociales más amplias, las opciones de financiación y diseño tienden a desplazarse hacia intervenciones que ofrecen ganancias de equidad mensurables.
Cómo se ve el éxito en la práctica
Varios ejemplos emergentes muestran cómo encajan las piezas. Los barrios sin coches y los parques lineales recuperados demuestran cómo la eliminación de la huella de las autopistas y la priorización del tránsito a pie y en bicicleta anclan una ecologización más amplia. Los proyectos de uso mixto orientados al transporte que combinan viviendas asequibles, instalaciones comunitarias y parques crean una densidad que favorece tanto los servicios sociales como la biodiversidad. Los socios corporativos pueden ofrecer capital y voluntarios, pero una gestión duradera requiere la propiedad comunitaria y presupuestos a largo plazo.
Fundamentalmente, las ciudades que están convirtiendo la naturaleza en una herramienta para la equidad tratan el diseño y la política como dos mitades de un mismo proyecto. Utilizan evaluaciones de alta resolución para encontrar dónde se solapan el calor, las inundaciones y las carencias de servicios con los bajos ingresos; programan las inversiones para proteger la asequibilidad; y establecen flujos de mantenimiento y gobernanza participativa para que los activos verdes sigan siendo seguros, funcionales y acogedores décadas después del corte de la cinta.
Hacia dónde nos lleva esto
Integrar la naturaleza en las ciudades ya no es un ideal abstracto: es una caja de herramientas de técnicas probadas, un conjunto creciente de datos y métodos de modelado que indican a los planificadores dónde invertir para lograr la máxima equidad, y un conjunto pragmático de cambios en la gobernanza y las finanzas que pueden evitar que los beneficios verdes se conviertan en desplazamiento. El trabajo que queda por delante es político y técnico: alinear presupuestos, actualizar normativas y replantear quién se sienta a la mesa.
Si los planificadores y socios dan ese doble paso —desplegar infraestructuras basadas en la naturaleza donde el riesgo y la necesidad son mayores, y vincularlas con medidas de asequibilidad y gestión—, la ecologización puede convertirse en una de las palancas más poderosas para remodelar quién se beneficia de la vida urbana a medida que se intensifican los riesgos climáticos. El humedal de Bangkok, el dosel arbóreo del barrio y el parque urbano recuperado no son solo lugares más agradables donde estar; son una vía práctica hacia ciudades más seguras, saludables y justas.
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