El 27 de noviembre de 2025, la Soyuz MS-28 —una nave espacial tripulada que utiliza un cohete Soyuz-2.1a— despegó con éxito desde el Sitio 31/6 en Baikonur.
Tras llevar a dos cosmonautas y a un astronauta de la NASA sanos y salvos a la ISS, inmediatamente después del despegue surgió un extraordinario fallo estructural en tierra: la “cabina de servicio móvil” (la plataforma de acceso de servicio situada bajo el cohete) colapsó y se precipitó en la fosa de llamas de la plataforma de lanzamiento.
El análisis preliminar sugiere que la plataforma no se retrajo o no se aseguró correctamente antes del encendido. Aunque los informes de la misión indicaron que 44 minutos antes del lanzamiento la cabina se trasladó a su “nicho”, aparentemente no se bloqueó o los cierres fallaron bajo la presión. • Cuando los motores de la primera etapa se encendieron, la diferencia de presión bajo el cohete forzó a la cabina a salir de su posición y provocó su colapso. Cayó aproximadamente desde una altura de 20 metros hacia la fosa de llamas, con una fuerza destructiva.
La única plataforma de lanzamiento rusa actualmente activa capaz de realizar misiones tripuladas está, a efectos prácticos, fuera de servicio. Por qué esto marca un hito histórico: Rusia queda temporalmente en tierra porque el Sitio 31/6 era, en la práctica, la única plataforma que Rusia utilizaba para lanzamientos tripulados (Soyuz) o de carga para la estación (Progress) desde la retirada de la plataforma más antigua e histórica (el llamado “Gagarin’s Start”).
El problema aquí no es que los rusos no puedan llegar a la ISS, ya que la mayoría de las misiones estadounidenses cuentan con al menos un ruso a bordo, al igual que la mayoría de las misiones rusas cuentan con un estadounidense; el problema radica en la dotación de personal de la ISS, puesto que la NASA desea que la estación esté a plena capacidad durante el último año antes de su desmantelamiento, pero los módulos de acoplamiento rusos no son compatibles con el estándar internacional que utilizan SpaceX, Boeing o Japón. Supongo que SpaceX podría adaptar el puerto de acoplamiento ruso, pero estaríamos hablando de ejercer una gran presión sobre SpaceX, tanto por el aumento de la cantidad de cápsulas Cargo Dragon como por la necesidad de realizar modificaciones en el anillo de acoplamiento.
Según múltiples fuentes, el colapso significa que Rusia —por primera vez desde los inicios de los vuelos espaciales tripulados soviéticos en la década de 1960— carece de una capacidad fiable para lanzar personas a la órbita. No se trata solo de un contratiempo técnico: la infraestructura dañada (la cabina de servicio / plataforma de acceso) es fundamental para todos los preparativos de los lanzamientos de las tripuladas Soyuz y las de carga Progress. Sin ella, no se pueden completar procedimientos de prelanzamiento seguros. Repararla no es algo trivial. Los expertos estiman que las reparaciones podrían durar desde meses hasta dos años, en parte porque este tipo de estructura de servicio es pesada, compleja y requiere una fabricación de precisión o piezas de repuesto que podrían ser difíciles de ensamblar y recertificar. Como resultado, los próximos lanzamientos previstos —incluidos los viajes de carga para la ISS— corren ahora un serio riesgo. Por qué esto convierte a SpaceX repentinamente en el centro de atención, y por qué la dependencia de la ISS se desplaza hacia los proveedores privados: Con la capacidad de las Soyuz (y Progress) de Rusia fuera de servicio —posiblemente por un período prolongado—, la carga del transporte de tripulación y suministros a la ISS recae ahora cada vez más en proveedores no rusos.
El principal de ellos es SpaceX, que utiliza sus variantes Crew Dragon y de carga de gestión privada.
SpaceX ya ha demostrado su fiabilidad y tiene misiones en curso a la ISS; con las Soyuz en tierra, sus sistemas se convierten en el principal salvavidas para las rotaciones de la tripulación de la estación, el rescate de emergencia de la tripulación y la entrega de suministros. • El cambio repentino subraya cómo la privatización y la diversificación del acceso al espacio —antes vistas como algo auxiliar o competitivo— sirven ahora como una resiliencia crítica para todo el ecosistema de la ISS. • En efecto, una sola empresa privada se ha vuelto indispensable para mantener una presencia humana continua en la ISS, una función que durante décadas compartieron (o dominaron) las agencias espaciales nacionales, incluida Rusia. • Este acontecimiento bien podría replantear cómo se organiza la cooperación espacial global. Si Rusia permanece fuera del juego de los lanzamientos tripulados durante un largo periodo, el dominio de los proveedores privados (y no rusos) podría crecer no solo como proveedores alternativos, sino como guardianes de facto. Qué podría significar esto para el futuro
Si las reparaciones tardan muchos meses (o más), Rusia podría perder relevancia en el transporte tripulado a la órbita terrestre baja, quizá redirigiendo sus ambiciones espaciales hacia otros lugares o retrasando cualquier plan de estación orbital nacional para vuelos tripulados. • Para la ISS y sus agencias asociadas, la dependencia de SpaceX (u otros socios no rusos) puede institucionalizarse, no solo como una solución provisional, sino como una base a largo plazo. Esto podría acelerar aún más el acceso privatizado a la órbita.
Políticamente, el incidente supone un duro golpe para el prestigio del programa espacial de Rusia.
El fallo no fue causado por un mal funcionamiento del cohete, una acción enemiga o un desastre natural, sino por un fallo estructural en la infraestructura terrestre. Esto plantea preguntas incómodas sobre el mantenimiento, la cultura de seguridad, la financiación y las prioridades. • Estratégicamente, esto puede incentivar a otras naciones y organizaciones espaciales (por ejemplo, las que respaldan a la Agencia Espacial Europea o a actores emergentes) a profundizar la cooperación con empresas privadas, para evitar que capacidades críticas queden ligadas a una única infraestructura nacional que podría volver a colapsar. • El panorama general - Una nueva era para los vuelos espaciales tripulados. El colapso en Baikonur es más que un accidente técnico: puede marcar un punto de inflexión. Durante más de seis décadas, Rusia (y antes la Unión Soviética) mantuvo un récord ininterrumpido de lanzamiento de seres humanos al espacio. Esa racha se ha visto ahora interrumpida. Al mismo tiempo, el suceso revela una realidad más profunda de los vuelos espaciales modernos: el alcance de la explosión de un solo cohete puede acabar con algo más que una misión; puede dejar en tierra la capacidad de vuelo espacial tripulado de toda una nación. En ese vacío, los innovadores privados como SpaceX no se limitan a llenar un hueco, sino que se convierten en pilares estratégicos. Los días en que el orgullo nacional y la competencia geopolítica por sí solos impulsaban el acceso al espacio tripulado se están desvaneciendo. En su lugar, la fiabilidad, adaptabilidad y redundancia proporcionadas por actores diversificados pueden definir el futuro de la humanidad en la órbita terrestre baja.
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