¿Por qué algunos científicos están situando la conciencia en los cimientos de la física?
En un provocador replanteamiento de una antigua cuestión filosófica, una propuesta reciente en el ámbito de la física sostiene que la conciencia no es un efecto secundario emergente del tejido cerebral, sino un campo fundamental entretejido en la estructura misma del cosmos. La idea es simple en su planteamiento, pero radical en sus implicaciones: lo que llamamos percepción subjetiva es la expresión de un campo más profundo y omnipresente. Cuando los cerebros funcionan, modulan localmente o se conectan a este campo; cuando fallan, la percepción vuelve al estado de fondo.
Un campo bajo el cerebro: la afirmación básica
En el corazón de esta idea se encuentra una analogía familiar para los físicos: los campos. El electromagnetismo y la gravedad se representan como campos que permean el espacio y que pueden ser excitados, observados y medidos. Los defensores de esta teoría proponen un nuevo tipo de campo —llamémoslo campo de conciencia— que, del mismo modo, existe en todas partes y subyace a las mentes individuales. Desde esta perspectiva, el cerebro no crea la conciencia a partir de materia no consciente; más bien, el cerebro actúa como un receptor, amplificador u organizador local de un sustrato de conciencia ubicuo.
Sus defensores argumentan que este marco cambia la forma en que interpretamos ciertos informes anómalos. Por ejemplo, si la conciencia es un campo global, los trastornos transitorios de la conectividad cerebral podrían permitir un acceso alterado o más directo a ese campo, produciendo experiencias vívidas durante situaciones de estrés fisiológico grave. Cuando el «receptor» biológico se elimina al morir, el patrón de conciencia localizada podría simplemente disiparse de nuevo en el campo de fondo, una idea que se cruza fácilmente con preguntas sobre la supervivencia y la continuidad después de la muerte.
La filosofía se encuentra con la física: el pansiquismo y Platón
Enmarcar la conciencia como un campo moderniza y naturaliza estas antiguas intuiciones: traduce una postura metafísica al lenguaje de la física contemporánea. Esa traducción resulta atractiva porque ofrece la posibilidad de integrar la conciencia dentro de una teoría cuantitativa. Pero también es el punto donde muchos científicos arquean las cejas: la resonancia filosófica no es lo mismo que el apoyo empírico.
¿Qué tan cerca está esto de las ideas de la conciencia cuántica?
Las discusiones sobre un campo de conciencia rozan inevitablemente los debates sobre las teorías cuánticas de la mente. Algunos investigadores han argumentado que los efectos cuánticos en las microestructuras podrían desempeñar un papel en la cognición; otros invocan la no-localidad cuántica al discutir supuestos vínculos entre mentes a distancia. El planteamiento reciente difiere en el énfasis: propone un campo de conciencia de apariencia clásica en lugar de depender únicamente de la frágil coherencia cuántica dentro de las neuronas.
Aun así, dado que la mecánica cuántica es la teoría más exitosa de la física microscópica, las apelaciones a los fenómenos cuánticos se utilizan con frecuencia como una abreviatura para explicaciones «extrañas». Esta tendencia ha causado confusión: la mecánica cuántica tiene un formalismo matemático preciso y consecuencias experimentales bien definidas, mientras que invocar lo «cuántico» como un sustituto del misterio corre el riesgo de confundir la física rigurosa con la especulación metafísica.
¿Qué necesitaría una explicación científica creíble?
Para que esta idea pase de ser una especulación provocadora a una hipótesis científica, debe satisfacer varios criterios exigentes. Primero, necesita una formulación matemática clara: ¿qué ecuaciones gobiernan el campo, cuáles son sus grados de libertad y cómo se acopla a los campos físicos conocidos y al tejido biológico? Segundo, debe realizar predicciones contrastables que la distingan de la neurociencia estándar y de las variantes pansiquistas que carecen de estructura dinámica.
Los posibles programas experimentales podrían incluir búsquedas de correlatos del campo propuesto que sean independientes de la actividad neuronal, experimentos de perturbación controlada donde el campo hipotético produciría desviaciones medibles, o efectos anómalos reproducibles bajo condiciones estrictamente controladas. Hasta la fecha, nada de esto existe de una manera que satisfaga los estándares metodológicos convencionales, y los críticos señalan que muchos de los supuestos fenómenos «anómalos» son difíciles de reproducir de manera fiable.
Promesas, trampas y la carga de la prueba
La promesa de un campo de conciencia es su alcance explicativo: de ser cierto, podría reformular informes desconcertantes de larga data como consecuencias naturales de una ontología más profunda. Transformaría los debates sobre la identidad personal, la muerte y la relación mente-cuerpo. Pero con ambiciones explicativas tan altas viene una carga de la prueba correspondiente. Las afirmaciones extraordinarias requieren pruebas extraordinarias, y la comunidad científica esperará restricciones teóricas estrictas, además de datos empíricos robustos y replicados, antes de tomar en serio tal propuesta.
También existe un riesgo sociocultural. Enmarcar la conciencia como un campo universal puede resultar atractivo para el público no científico porque resuena con intuiciones espirituales, y ese atractivo puede acelerar la difusión de afirmaciones no probadas o malinterpretadas. Por lo tanto, una comunicación científica responsable debe enfatizar la distinción entre hipótesis especulativas y conocimientos bien establecidos, y evitar dar a entender que el confort filosófico sustituye a la validación experimental.
Voces de la neurociencia y la física
Las respuestas entre los investigadores oscilan entre la intriga y el escepticismo. Algunos neurocientíficos agradecen el renovado enfoque en las preguntas fundamentales sobre la experiencia e instan a los proponentes a exponer sus modelos en términos precisos y falsables. Muchos físicos acogen con agrado las ideas creativas, pero insisten en que cualquier campo nuevo debe integrarse con el marco de la física existente sin violar las leyes de conservación ni los hechos empíricos o, de lo contrario, debe proponer dónde y cómo el marco actual es incompleto.
Históricamente, los grandes cambios conceptuales en la física han tenido éxito solo después de producir predicciones novedosas y contrastables; la relatividad y la teoría cuántica son ejemplos canónicos. Hasta que una propuesta de campo de conciencia pueda señalar beneficios empíricos igualmente claros, permanecerá en la encrucijada entre la filosofía y la física especulativa.
¿Qué sigue ahora?
El camino más constructivo a seguir es modesto y metódico. Los proponentes deben publicar un informe formal detallado que describa la dinámica del campo, las constantes de acoplamiento y los observables, y proponer experimentos que un laboratorio neutral pueda ejecutar. Los investigadores independientes deben intentar la replicación de cualquier afirmación empírica, y equipos interdisciplinarios de físicos, neurocientíficos y filósofos deben examinar los fundamentos conceptuales.
Si la idea de la conciencia como campo acaba uniéndose al conjunto de herramientas de la ciencia empírica o se queda en una postura filosófica estimulante, dependerá de ese arduo trabajo. La conversación que ha reabierto es valiosa: obliga a clarificar qué se considera una explicación, cómo conectar los informes subjetivos con la medición objetiva y cómo la física y la neurociencia pueden abordar conjuntamente una de las preguntas más profundas que tenemos. Pero por ahora, la hipótesis es un borrador provocador, uno que necesitará matemáticas, experimentos y una comunicación cautelosa antes de que pueda remodelar nuestra imagen científica de la mente.
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