Esta semana llegó a la alta meseta antártica algo que se siente un poco como un viaje en el tiempo: columnas de hielo glacial recién perforadas con destino a una bóveda construida con un propósito simple y urgente: mantener a salvo la memoria climática del planeta a medida que el mundo se calienta. El Santuario Ice Memory, excavado en el suelo helado de la Base Concordia, ha recibido su primer cargamento de testigos de hielo procedentes de los Alpes europeos. Los científicos afirman que la medida es una salvaguarda contra una pérdida irreversible: los glaciares se están derritiendo ahora y, con ellos, el archivo estratificado del clima pasado.
Un archivo congelado en la Base Concordia
La Base Concordia se encuentra en la alta meseta polar de la Antártida, donde una temperatura media anual cercana a los -50 °C y una huella humana casi nula se combinan para crear uno de los entornos fríos más estables de la Tierra. El santuario no es una caverna gigantesca: el espacio de almacenamiento mide aproximadamente cinco metros de alto, cinco metros de ancho y 35 metros de largo, excavado en el suelo a unos cinco metros bajo la superficie. Pero su aislamiento y el frío ambiental extremo significan que, una vez que un testigo de hielo llega y se coloca en estanterías frías, puede permanecer congelado durante siglos con una huella energética activa mínima. Esa estabilidad —y las protecciones otorgadas por el Sistema del Tratado Antártico— son lo que hace que Concordia sea atractiva como repositorio de respaldo global.
Los testigos de hielo como archivos climáticos
Los glaciares no son solo depósitos de agua y accidentes geográficos; son cronistas estratificados. La nevada de cada año comprime y atrapa aire, polvo, ceniza volcánica y firmas químicas que reflejan la composición atmosférica y la temperatura del pasado. Al analizar los isótopos de oxígeno e hidrógeno, los gases de efecto invernadero atrapados, las partículas y los marcadores de contaminantes a lo largo de un testigo profundo, los científicos pueden reconstruir la temperatura, las precipitaciones y la química atmosférica a lo largo de siglos o incluso cientos de miles de años.
Esos registros son esenciales para calibrar modelos climáticos, probar hipótesis sobre eventos climáticos rápidos del pasado y comprender los recursos hídricos regionales. Según el informe reciente de la Organización Meteorológica Mundial, el planeta pierde aproximadamente 273.000 millones de toneladas de hielo glacial cada año, un ritmo que borrará muchos registros de montaña en cuestión de décadas. En el último medio siglo, ya han desaparecido unos 9.000 billones de toneladas de hielo glacial. El Santuario Ice Memory está diseñado explícitamente para extender esos archivos más allá de la vida de los glaciares de origen.
Diseño y logística del santuario
El desafío técnico es engañosamente simple: mantener el hielo frío y libre de contaminación. Por lo general, los testigos se perforan in situ en expediciones de montaña y se dividen para que una mitad pueda analizarse inmediatamente en un laboratorio local y la otra mitad se envíe como un «gemelo» a un archivo a largo plazo. Para el proyecto Ice Memory, el gemelo se envía a través de una estricta cadena de frío hasta Concordia. La propia bóveda antártica es una cámara aislada y parcialmente enterrada donde las bajas temperaturas ambientales realizan gran parte del trabajo. Esto reduce la dependencia de los sistemas de refrigeración eléctrica que podrían fallar en una crisis.
Más allá del control de la temperatura, mantener el valor científico de un testigo requiere protocolos de manipulación rigurosos para evitar la contaminación, un etiquetado cuidadoso de la procedencia y la profundidad, y documentación para que los futuros investigadores puedan situar un segmento de hielo en su contexto estratigráfico correcto. El equipo del santuario prevé almacenar testigos de un amplio espectro geográfico: los Andes, el Cáucaso, Svalbard, las montañas del Pamir y otros lugares. Algunas expediciones —especialmente el trabajo reciente en el casquete de hielo Pamir Kon‑Chukurbashi— ya dividen los testigos de modo que una muestra permanezca en un instituto como el Institute of Low Temperature Science de la Universidad de Hokkaido, mientras que su gemela se dirige a Concordia.
Gobernanza internacional y geopolítica
La elección de la Antártida como repositorio es tanto política como práctica. El Tratado Antártico reserva el continente para la cooperación científica pacífica y establece restricciones a la explotación de recursos, lo que otorga al santuario una capa de protección legal internacional. Aun así, las cuestiones políticas y éticas no son triviales. Los propios testigos de hielo provienen de territorios soberanos o regiones con poblaciones locales que dependen de los glaciares para el agua, la cultura y el sustento. Las decisiones sobre qué testigos exportar, quién puede acceder a ellos y cuánto tiempo se conservan los duplicados plantean interrogantes sobre la soberanía científica y el reparto de beneficios.
Los organizadores del proyecto subrayan que el santuario está pensado como un complemento de los archivos nacionales existentes y no como un sustituto. La idea es sencilla: conservar un duplicado que pueda utilizarse cuando el original se pierda o se degrade. Pero los acuerdos prácticos —convenios con los países de origen, permisos de perforación y transporte, y compromisos de financiación a largo plazo— determinarán si el santuario funciona verdaderamente como un bien común global para la memoria climática.
Usos científicos y acceso futuro
Los testigos almacenados no son cápsulas del tiempo para ser selladas y olvidadas. Son capital de investigación. Las futuras técnicas analíticas —algunas aún no inventadas— podrían extraer información ahora inaccesible: registros de fraccionamiento isotópico más precisos, huellas dactilares de micropartículas, ADN microbiano antiguo o mediciones mejoradas de gases de efecto invernadero. Contar con un duplicado seguro significa que los futuros investigadores podrán volver a visitar exactamente el mismo segmento de hielo con nuevas herramientas y preguntas.
Los investigadores también señalan que los testigos de hielo pueden calibrar registros independientes (anillos de árboles, sedimentos lacustres, capas de coral) y, por tanto, la preservación de los testigos ayuda a tejer una imagen más completa de las historias climáticas regionales. La Organización Meteorológica Mundial califica iniciativas como Ice Memory como un fortalecimiento de los sistemas de observación global al extender los registros más allá de la era de las observaciones instrumentales; esa extensión es importante porque los modelos y las políticas dependen de líneas de base largas y bien fechadas.
Urgencia y preguntas sin resolver
Existe una carrera reñida entre la logística y el deshielo. Las expediciones de perforación son complejas y costosas, y requieren helicópteros o travesías terrestres, equipos especializados y transporte seguro. Para muchos glaciares pequeños o de difícil acceso, la decisión de extraer un testigo requiere priorización: qué sitios extienden los registros de manera más útil, cuáles corren mayor riesgo y cómo equilibrar el valor científico con el respeto por las partes interesadas locales. El santuario ayuda con una parte del problema (el almacenamiento a largo plazo), pero no elimina la necesidad de perforar mientras el hielo aún conserva su estratificación estacional.
Otras cuestiones prácticas pendientes incluyen la gestión a lo largo de los siglos: quién garantiza el mantenimiento, quién paga si una potencia futura no está dispuesta a continuar con la cooperación científica antártica y cómo garantizar que las muestras sigan siendo accesibles para una amplia comunidad científica internacional. Esas preguntas son más sociopolíticas que técnicas, y necesitarán respuestas para que la promesa del santuario se haga realidad.
Fuentes
- Organización Meteorológica Mundial (Estado del Clima Mundial 2024)
- Materiales de prensa de la Ice Memory Foundation y la Prince Albert II Foundation
- Base Concordia (instalación de investigación antártica franco‑italiana) e Institute of Low Temperature Science, Universidad de Hokkaido
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